1 de noviembre de 2007

Agua por Martín Fuchs


Lo primero que notó fue la humedad de sus manos. Luego los brazos, los hombros, el cuello y la cabeza. Pronto llegó a la previsible consecuencia. Una vez más, estaba sumergido. Trató de recordar cómo había llegado a ese lugar pero le fue imposible. Ahí estaba; nuevamente y sin respuestas. En el fondo.
La inmensidad se presentaba ante sus ojos y en instantes pretendía retenerlo todo: la diversidad del ecosistema subacuático lo deslumbraba. Primero los peces, siempre en grupos; en familias, diría después. Cada ojo a un lado, observaciones parciales. Ése era el problema de los peces, la vista segmentada, dejando una gran parte de su percepción a la imaginación pura, llenando el campo de lo no-visible con fantasía. Divisó un ser más grande y eso le interesó más. Creyó que se trataba de una sirena pero rápidamente recordó que no existían. Hombre o pez, se dijo, se repitió. Ni agua por sangre, ni escamas por piel, ni canto por palabras.
Comenzó a darse cuenta de que le quedaba poco tiempo antes de emprender la retirada hacia la superficie cuando lo sintió en su pie. Un enésimo cangrejo le mostraba su andar; en reversa, por supuesto. No le llamó la atención (la repetición ya no lo sorprendía), pero sí lo hicieron las algas que lo rodeaban. Se vio enredado en ellas y desesperó: ya no sería como las otras veces. Esos seres – vivos, a fin de cuentas - siempre le habían atraído. Nutridos sólo de agua y tierra, lo estaban condenando a su fin. Comenzó la intrincada tarea de liberarse, mientras se reprochaba no haberse percatado antes.
Logró escapar mientras sentía el mareo, la falta de aire. Emprendió un rápido ascenso, creyendo que ya no llegaba. Empezó a sentir el agua más cálida, más luminosa por los rayos del sol, y con el último aliento llegó a la superficie.
La bocanada de aire lo llenó de sed. Aún conservaba el yodo en los labios, la sal en la boca, la espuma en los ojos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me gusto mucho Especialmente me inquieto la idea del fondo del mar.